Sumidos casi de lleno en esta «nueva normalidad» las ciudades parece que poco a poco comienzan a retomar su ritmo, no tan frenético como antes pero sí a un buen ritmo.

En este proceso de desescalada ya veo más gente paseando por las calles, personas de compras que van al supermercado o de tiendas, niños correteando con sus bicis y patinetes… También a los intrépidos deportistas que madrugan para hacer su sesión matutina de ejercicios. Otras de las cosas que más he apreciado es que aquellos pájaros que tanto escuché durante el confinamiento en casa, comienzan a ser silenciados de nuevo por el ruido de coches y bocinas. Seguro que podemos hacer algo al respecto, ¿hemos aprendido algo durante el aislamiento? Aún se está estudiando el impacto que ha tenido el descenso de la movilidad y el parón de la industria y el comercio, pero una cosa es segura y todos lo hemos visto, la contaminación descendió. Ya sea en forma de gases, de suciedad, contaminación acústica… hasta los animales salvajes como por ejemplo las abejas (que han aumentado su población) nos han mostrado como definitivamente el cambio está en nuestras manos.

Y si esta vez ¿no lo pasamos por alto? ¿Y si en esta ocasión intentamos ser mejores? Por nuestra salud y por la del planeta.

Uno de los primeros pasos es el tema de la movilidad. La ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, Teresa Ribera, solicitó una serie de medidas, para impulsar el uso de la bicicleta en este proceso de desescalada. Y es que la bicicleta es ahora mismo parece ser la alternativa perfecta. Hablamos de un transporte limpio, individual, que ayudará a descongestionar el tráfico y con el que además se respeta el distanciamiento social. Una alternativa ideal para poblaciones de más de 5.000 habitantes, en los que ir al trabajo o a la compra, supone generalmente tráfico, atascos…