En la última entrada al blog os hablaba de nuestra huella de carbono y de que donde más abusamos de este “pisotón” es en las ciudades. Pues aquí me tenéis, en vísperas del Congreso Nacional de Medio Ambiente, un acontecimiento que por supuesto no me voy a perder y en el que espero que nos veamos, ya que tendremos una conversación el martes por la tarde organizada por el IDAE sobre “energía y ciudad”, tema central de lo que os quiero contar hoy.

No hace falta que os cuente mucho porque seguro que los lectores y lectoras más urbanitas vivís y hasta sufrís a diario lo que supone habitar en un auténtico sumidero de energía, que yo diría más bien aspirador. Miréis donde miréis hay coches quemando combustible en sus motores; hay edificios, con peor o mejor criterio en su diseño, donde se consume energía para climatizarlos, para cocinar, para asearnos o para iluminar; y hablando de iluminación, ahí están las farolas, los anuncios publicitarios, los escaparates…

Vamos con el dato que definitivamente confirma lo de “auténtico sumidero de energía”: las ciudades solo ocupan el 2% de la superficie terrestre, pero consumen el 75% de la energía mundial y generan el 80% de los gases de efecto invernadero. ¿Cómo os habéis quedado? Como yo cuando lo leí: “ojiplática”. Y, además, si no actuamos pronto y bien, esto puede ir a peor, porque si ahora en las ciudades habita más de la mitad de la población mundial, en 2050 se espera que supere el 70%. Pero es que ahora mismo, en España, estamos ya en ese porcentaje.

Y, claro, si la gente vive mayoritariamente en las ciudades, se desplaza, trabaja, estudia, compra y llena su ocio principalmente en estas mismas urbes. Un ejemplo: del consumo total de energía del sector servicios, el 34,2% se lo lleva el comercio y el 34% las oficinas, asociados casi en su totalidad a la ciudad. Si le añadiéramos la mayor parte del consumo de subsectores como la sanidad, la hostelería y la educación, el total roza el 86%

Como veis, las ciudades devoran la energía y son sumideros porque además ni la producen ni compensan su consumo. Por un lado, como ocurre en el resto de España, son extremadamente dependientes de un petróleo caro y contaminante que llega allende nuestras fronteras y que es el que mueve el transporte; y por otro, las instalaciones de producción, transporte y transformación de la energía, sean hidroeléctricas, eólicas, de gas o de carbón, están situadas fuera de las ciudades, dentro de un modelo centralizado.

Pensad simplemente en el espacio que ocupan los 42.045 kilómetros de líneas aéreas de la red de transporte de energía eléctrica en España, destinadas principalmente a llevarla hasta las ciudades.

Y no es quiero amargar mucho la lectura, pero ya sabéis que esta voracidad energética tiene consecuencias sobre nuestra salud. Un reciente informe de la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA) afirma que cerca del 74% de la población urbana de la UE está expuesta a concentraciones de partículas en suspensión (especialmente las más finas, de menos de 2,5 micras, generadas por la combustión de vehículos y calefacciones) que superan las directrices más estrictas de la Organización Mundial de la Salud. Consecuencias: estas partículas fueron responsables de unas 422 000 muertes prematuras en 41 países europeos en 2015.

Pero no os quiero dejar con un mensaje negativo, no es mi estilo. Quiero que esto cambie, y para eso tenemos que dar un vuelco a la ciudad, convertirla en generadora de energía renovable y sostenible, sin olvidarnos de mejorar la eficiencia energética en dos ámbitos esenciales: edificación, y con ella la planificación urbanística; y el transporte, y con él la movilidad en su conjunto. Si la ciudad es ahora un gran sumidero de energía y emisor de CO2, hagamos que lidere la transición energética.

En esta nueva etapa del blog ya os he dado algunas pistas. Las más recientes las tenéis en las recomendaciones para evitar nuestra huella de carbono, pero también en lo que os conté sobre las puertas que se nos abren con la nueva regulación del autoconsumo fotovoltaico. ¿Qué mejor ejemplo que transformar la ciudad de sumidero de energía, a partir de fuentes y sistemas centralizados, en generadora descentralizada, con instalaciones situadas en nuestras propias viviendas y que compartimos con otras viviendas, oficinas y comercios cercanos? Por no hablar de reducir la movilidad y orientarla hacia la electrificación, la intermodalidad y los vehículos compartidos.

Me dejo muchas cosas en el tintero, por ejemplo vinculadas al ahorro y la eficiencia energética o cómo las nuevas tecnologías de la comunicación, la domótica y el internet de las cosas ayudarían también a ir quitándole el cartel de “sumidero” a la ciudad. Pero todo esto lo iremos viendo en sucesivas entradas, y tendrá su punto y seguido en la conversación en el Conama de la que os hablaba al principio.