La automatización de los objetos, pero con seguridad, democracia y eficiencia energética

Imaginaos por un momento que un edificio, un frigorífico o un sistema de calefacción “nos hablara”. No, no nos ponemos en un escenario de ciencia ficción. Nos situamos en el de la realidad inminente, acorde con la extensión del término internet de las cosas o de los objetos. Es decir, millones de elementos y aparatos conectados a la red digital capaces de comunicarnos multitud de información con respecto a ellos, entre otras cosas si el interior del edificio pierde calor en un punto determinado en invierno, si el frigorífico está a muy baja temperatura para los escasos alimentos que conserva o si el sistema de calefacción entiende que debe activarse antes de lo que teníamos previsto debido a una bajada repentina de las temperaturas.

Algo de todo esto ya lo apunté hace un par de semanas con la entrada al blog sobre las centrales de datos  y cómo funcionarán para hacer más viable y fiable la incorporación de más renovables a la transición energética y la racionalización de nuestro consumo energético.

Esta podría ser la segunda parte de esa entrada, porque fijaos el impresionante volumen de datos que conllevará todo esto. Solo en mi casa, tirando por lo bajo, he contado hasta diez elementos y aparatos susceptibles de conectarlos a internet para controlarlos desde ahí, desde persianas a la lavadora pasando por los radiadores. Tirando por lo bajo eh; que incluso todas mis plantas podrían llevar sensores para que “me comuniquen” cuándo necesitan que las riegue.

A partir de aquí, solo multiplicando por los catorce vecinos y vecinas de mi bloque me salen 140 conexiones; y si lo extrapolamos a los ochenta números de mi calle son 11.200. Vivo en una gran ciudad que tiene cerca de 10.000 calles. Qué, ¿sigo con las multiplicaciones? (Entre tú y yo, me salen 112 millones). Y eso que lo estamos acotando al ámbito doméstico, y no hablamos de comercios, hospitales, industria, edificios de oficinas, polideportivos…

40.000 millones de objetos conectados al internet de las cosas

El almacenamiento de esta enorme cantidad de datos recibe en inglés el nombre de big data, que creo que habréis leído y oído en más de una ocasión. Tened en cuenta que es imposible que un ordenador personal almacene y procese el volumen de información que nos interesa en concreto a nosotros. De ahí que vaya a las famosas nubes, donde ahora subimos fotos u otro tipo de archivos. Según Gartner, una consultora experta en tecnologías de la información, en 2020 habrá ya 20.000 millones de objetos conectados a la red; aunque he leído por ahí pronósticos de algunas empresas tecnológicas que hablan del doble de “cosas” conectadas.

Intuyo que alguien ya ha pensado y murmurado que esto de internet de las cosas ya existe y se llama domótica. Bueno, en parte. Digamos que la domótica y la automatización de aparatos del hogar que conlleva formaría parte de un concepto mayor, al que se incorporaría, por ejemplo, un coche eléctrico para conocer su nivel de carga de batería sin estar sentado al volante o la conexión a un hotel o una casa rural que quieres alquilar durante tus vacaciones y que te chiva que es un derrochador de energía.

Por otro lado, y cogiendo de nuevo un frigorífico como ejemplo, la aplicación de internet de las cosas llega a cotas a las que yo espero no utilizar (por aquello de mantener el control personal de ciertas parcelas de mi hogar), pero que es factible que se den. Dicho frigorífico será capaz de hacerte la lista de la compra en función de los alimentos que quedan en su interior e incluso avisarte si alguno de ellos se está pudriendo o está a punto de caducar. Y bueno, hasta he leído que habrá tiritas inteligentes que informarán de la evolución de una herida.

Cómo contribuye internet de las cosas a la transición energética

Pero, en general, y siempre que se desarrolle con las dosis adecuadas de fiabilidad, accesibilidad, neutralidad y seguridad que le pedíamos a las centrales de datos asociadas a nuestro consumo doméstico de energía, internet de las cosas debe contribuir en la dirección adecuada de la transición energética. Me acuerdo ahora de las numerosas aplicaciones móviles que ya existen para, por ejemplo, gestionar de forma racional (en consumo de agua y energía) el regadío de cultivos acorde con parámetros como la previsión de lluvias, la disponibilidad de agua o la evolución del cultivo.

Sí, es cierto, el almacenamiento y procesamiento de macrodatos (big data) conlleva un enorme consumo de energía, y además creciente. Y no solo para hacer funcionar los costosos macroprocesadores donde se encuentran, sino para mantenerlos con una conexión y climatización continuas y seguras. En el informe Clicking Clean: ¿Quién gana la carrera para crear un Internet verde? 2017 de Greenpeace  se afirma que la industria de las tecnologías de la información consumiría previsiblemente el 12% de la electricidad mundial en 2017. Solo el consumo de internet supone en torno al 6% y subiendo, por lo que la eficiencia energética resulta indispensable.

Hay empresas que echan mano de las energías renovables, por ejemplo eBay, Nippon Telegraph & Telephone Corporation y Microsoft tienen algunas centrales de datos que se abastecen con la energía del biogás almacenado en baterías. En esta línea también resulta interesante el proyecto Data for Climate Action , liderado por Naciones Unidas y Western Digital Corporation. Es una iniciativa global que emplea la ciencia de los datos y los grandes almacenamientos del sector privado para luchar contra el cambio climático.

Si seguimos viendo el vaso medio lleno, añado que gracias a estos macrodatos (también se le llama inteligencia de datos), una persona o una empresa tiene a su disposición un análisis instantáneo, y todo lo masivo que se quiera, de la información que necesita para emprender un estudio o un negocio. Y no solo para que al final prevalezca el ahorro y la eficiencia energética y el uso de renovables, sino que en el propio proceso de obtención de datos también se ahorra en tiempo de conexión, desplazamientos o envíos.

Fomentar la inclusión y la igualdad social, no la desigualdad

Pero insisto, si este masivo almacenamiento y circulación de datos no es democrático y no llega a todas las personas en las mismas condiciones de participación y seguridad estamos dando un mal paso. Se fomentará e incrementará la desigualdad social entre personas más y mejor conectadas y las que no lo estén y entre las que participen en la toma de decisiones sobre la gestión de esos datos y las que no. Y, por supuesto, nada de convertirnos en una sociedad más controlada, vigilada y sumisa. Si hasta ahora se han cometido violaciones de vuestra intimidad por tener acceso al nombre, fotos o dirección, imaginaos si se dispone mal de la información sobre vuestra casa, medio de transporte, electrodomésticos, consumo de energía o viajes.

Como la tecnología digital es capaz de crear el riesgo, pero también herramientas de seguridad (ahí están los sistema antivirus, por poner un ejemplo muy de andar por casa), quiero terminar con otro término en inglés, blockchain, muy de moda. Ya sabéis que yo prefiero enriquecer la lengua castellana y hablar en este caso de cadena de bloques, que para muchas personas es el paradigma de la ciberseguridad en el campo de los macrodatos.

El portal Xataka define las cadenas de bloque como “un gigantesco libro de cuentas en los que los registros (los bloques) están enlazados y cifrados para proteger la seguridad y privacidad de las transacciones”. Cuidado, que con la extensión de internet de las cosas no solo hablamos de transacciones con dinero común o monedas virtuales, sino también de aquellas operaciones que sean capaces de hacer de manera autónoma muchos aparatos. En el extremo, concluyo con el frigorífico, que estará capacitado para comprar yogures si detecta que se han acabado.