Hace unas semanas os conté sobre el PNIEC, el plan que define los objetivos nacionales de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, y en el que se impulsan las energías renovables o las medidas de eficiencia energética.

Ya sabréis por experiencia propia que el éxito de los grandes proyectos depende del éxito y el avance en proyectos y objetivos parciales, intermedios, que no son tan visibles . 

Como la carta robada del cuento de Edgar Allan Poe o la Matrix de la famosa película del 2000, que no se ven porque están a la vista de todos, muchos de los eslabones de la cadena de la transición energética están a nuestro alrededor.

Pero no los vemos. 

Aunque quizás esto vaya cambiando, porque en los últimos 13 meses hemos pasado más tiempo que nunca en casa, y estoy segura de que muchos de vosotros empezasteis a ver nuestros edificios con otros ojos.

Algunos habréis echado de menos tener un balcón, o que vuestros pisos tuvieran unos metros más, otros habréis pensado en los beneficios de que se conservaran más frescos en agosto o más templados en enero… 

Y claro, no solo pasamos mucho tiempo en nuestros pisos por la pandemia del COVID19, es que vivimos en pisos, aunque parezca una verdad de perogrullo, y trabajamos, muchos de nosotros, en edificios de oficinas. 

De hecho, ¿sabíais que, según Eurostat, España es el país de la Unión Europea con mayor porcentaje de población habitando en pisos?

Un 66,5 % de los españoles y españolas vivimos en pisos, frente a una media del 46 % de la Unión Europea. Hay casos de nuestro entorno en el otro extremo: en Francia, por ejemplo, 7 de cada 10 franceses viven en una casa por 3 de cada 10 en un piso. Y un 85 % de los británicos viven en casas. 

La eficiencia energética y la seguridad de las instalaciones de los edificios donde vivimos y trabajamos, estudiamos o hacemos deporte, son esenciales para nuestro bienestar, salud e higiene, porque los edificios son, bueno, como una segunda piel para muchos de nosotros. 

En esto pensaba cuando comencé a escribir sobre el RITE. 

No, no es el nombre de un videojuego entretenido, sino el acrónimo del Reglamento de Instalaciones Térmicas en los Edificios, que el Gobierno acaba de actualizar. 

El RITE, al impulsar la mejora de la eficiencia energética y el uso de energías renovables en las instalaciones térmicas de los edificios, contribuirá al cumplimiento de los objetivos del PNIEC de reducción para 2030 del consumo de energía primaria en casi un 40 % y de energía final en 36.809,3 de toneladas equivalentes de petróleo.

¿Y cómo se reducirá el consumo en estas cantidades que, sí, parecen gigantescas? 

Vamos a por ello. 

 

El RITE: ¿qué permanece y qué cambia?

El RITE fija las exigencias de eficiencia energética y seguridad que deben cumplir las instalaciones térmicas en los edificios, bajo el principio de neutralidad tecnológica, esto es, sin obligar al uso de una determinada técnica o material (ojo: tampoco prohíbe la introducción de nuevas tecnologías).

Lo que sí cambia es que el RITE se adapta al contenido de la Directiva 2018/2001 de la Unión Europea, que fomenta el uso de energía procedente de fuentes renovables para calefacción y refrigeración, e incorpora parcialmente otros reglamentos europeos sobre diseño ecológico, etiquetado de productos relacionados con la energía, recuperación energética y energías residuales. 

Además, el RITE obliga a justificar la instalación de sistemas térmicos convencionales en lugar de otros más eficientes y sostenibles, y a que se den los primeros pasos para que los edificios de grandes consumos pasen a convertirse en edificios inteligentes. 

 

¿Por qué es importante el RITE?  Instalaciones eficientes, edificios inteligentes, agua caliente, más información…

El RITE no prohíbe que se instalen sistemas térmicos convencionales, pero sí exige que se justifique esa elección y por qué no se ha optado por otros sistemas más eficientes y sostenibles en edificaciones, como por ejemplo la bomba de calor geotérmica con suelo radiante, o la hibridación de energía solar térmica con caldera de gas natural. 

La actualización del RITE, además, impulsa la incorporación de renovables en los edificios, incluso en aquellos que se reformen (ya os he hablado de ciertos programas interesantes del IDAE, como el PREE, que ayudan en estas cuestiones), en los que deberá evaluarse la posibilidad de instalar instalaciones alternativas de alta eficiencia y remplazar equipos fósiles por otros renovables. 

La actualización del RITE también mejora la información disponible para que usuarios y propietarios puedan optar por soluciones más eficientes. Así, por ejemplo, todos los edificios de más de 1.000 metros cuadrados destinados a usos administrativos o comerciales deberán dar a conocer a los clientes o usuarios el consumo de energía en esos edificios durante los últimos años, y también de dónde procede esa energía.  

Todavía más: con la nueva norma se introduce la digitalización en los edificios no residenciales con grandes consumos (para aclararnos: lo que tienen una potencia útil nominal de climatización superior a 290 kW, como hoteles o centros comerciales), y obliga a que estas construcciones den el primer paso para convertirse en edificios inteligentes que reduzcan el consumo de energía y, así, la emisión de gases de efecto invernadero. 

La actualización del RITE recoge también obligaciones de instalación de contadores de agua caliente y/o fría en los intercambiadores térmicos de cada edificio conectados a redes urbanas, lo que permitiría el reparto de los costes de agua caliente para calefacción y/o agua caliente sanitaria, así como de los costes de refrigeración, aportando información para la facturación de estos consumos.

¿Cuál es la principal obligación en este sentido? Pues que los contadores de agua caliente sanitaria de uso común compartido en edificios posteriores a la actualización del RITE deberán tener dispositivos de lectura remota para determinar los consumos individuales. 

Como veis, la actualización del RITE no es solo una obligación “burocrática”, sino que se va a traducir en más información para los consumidores, mayor eficiencia de nuestros edificios en consumo y aprovechamiento de energía, impulso a las renovables y, en definitiva, una mayor calidad de vida para todos. 

Porque de eso va la transición energética: de calidad de vida para nosotros y las generaciones próximas. 

¡Nos vemos la próxima semana!