Con lo que me gusta hablar de las posibilidades que tiene la ciudadanía a la hora de gestionar la energía y ponerse en el centro de la transición energética, llevo unas cuantas entradas al blog que no quepo en mí de gozo. Comencé con el autoconsumo, la semana pasada os comenté cómo ahorrar en la factura bajándonos, por ejemplo, la potencia contratada, y ahora vamos con la figura del “agregador de la demanda”.

Sí, a bote pronto os puede sonar a un palabro (ni siquiera está reconocida por la Real Academia Española), pero lo explicamos de forma sencilla para que veáis la importancia que tiene.

Me vais a permitir que os lleve a finales de 2016, cuando la Comisión Europea aprueba el paquete de medidas denominado Energía limpia para todos los europeos, donde dice lo siguiente: “Los consumidores podrán ofrecer una respuesta de la demanda, directamente o a través de agregadores de energía.

Las nuevas tecnologías inteligentes permitirán a los consumidores, si así lo desean, controlar y gestionar de forma activa su consumo de energía, aumentando al mismo tiempo su comodidad”.

Si hasta ahora el sistema cuadraba con casar la oferta de los consumidores con la generación de los generadores, el agregador lo que va a hacer es introducir un tercer factor, la gestión de la demanda.

Esto último es esencial, porque recordad que avanzamos hacia un sistema cien por cien renovable, donde serán más difícil gestionar la generación con fuentes como la solar o la eólica.

Es decir, cualquier consumidor con recursos energéticos distribuidos debe tener libertad para ofrecer su flexibilidad a cualquier sujeto agregador que elija. Este será el responsable técnico y financiero que represente a los consumidores en el mercado mayorista de electricidad y ante el operador del sistema eléctrico, y puede ser tu actual comercializadora de energía o una entidad independiente formada, parcial o conjuntamente, por fabricantes de baterías, una empresa de servicios energéticos, autoconsumidores y miniproductores de energía o incluso una comunidad o asociación de vecinos o de consumidores, lo que incide aún más en nuestra participación.

Paro, sí, que aparece otro término trascendental que conviene explicar: recursos  energéticos  distribuidos. Es otro punto en el que los consumidores tenemos mucho qué decir, porque esos recursos no consisten solo en la generación de energía, que no obstante podemos ejercer ya muchas personas a través del autoconsumo, sino también del almacenamiento de esa energía con baterías, el uso de vehículos eléctricos y, lo más importante, la gestión de nuestra demanda de energía. Correcto, dicha demanda se convierte en un recurso gestionable y con valor económico.

Vamos con un ejemplo. Ya sabéis que los frigoríficos que tenemos en casa no necesitan siempre la misma potencia, bien por la época del año en la que estemos; porque, de repente, durante un tiempo, somos menos en casa; o bien porque directamente no estamos nadie en el hogar, pero a pesar de todo lo dejamos encendido.

El agregador de la demanda se encargaría, previo contrato con él, de comprarte esa energía que no consumes y venderla al operador del sistema.

 Y esto no es nada si pensamos, por ejemplo, en las grandes industrias alimentarias, o de distribución y venta de alimentos, y en sus grandes congeladores y cámaras frigoríficas. ¿Siempre necesitan tenerlas todas a la vez a la máxima capacidad y potencia? Pues no, y además logran un importante ahorro energético sin que sus negocios sufran ningún perjuicio.

De esta manera se “recircularía” una energía que dejaría de producirse a partir de sistema centralizados, en centrales térmicas de enorme potencia y que llega a los puntos de consumo a través de kilométricos sistemas de distribución, sea de electricidad o de gas.

Porque no olvidemos que la gran mayoría de la electricidad que consumimos procede de estos sistemas. Es una manera de ajustar aún más la producción a la demanda.